La falta de agua e higiene lacera la piel de los niños en Venezuela

(18/12/2019)

Greismery, una niña de tres años de pelo rubio, corretea en el arenal que es el piso de su casa, un rancho de cercas de latas oxidadas en el barrio Altos de Milagro Norte de Maracaibo. Su vestido amarillo está manchado de tierra casi en su totalidad.

Su rostro tiene tintes de sucio por doquier. Sus pies, curtidos de mugre, muestran heridas circulares. Cuatro llagas forman una seguidilla en el izquierdo.

Están secas: rosadas en sus interiores, marrones en sus bordes. Otras tantas se le han marcado, cual esquirlas, en la piel de ambos tobillos, de su batata y de prácticamente todo su cuerpo. Tiene lesiones hasta en la cabeza.

“Sí le pica, porque se rasca y se rompe”, cuenta Osmerys Vargas, su madre, de 27 años, mientras hurga entre el pelo catire de Greismery en busca de las llagas.

Tres de sus cuatro hijos sufren de enfermedades de piel desde hace tres meses.

Dedicada a la venta ilegal de gasolina -“para medio comer”, dice-, la joven le achaca la culpa al agua sucia que utiliza en su hogar.

El líquido tarda meses en llegar por las tuberías. Compra, cuando puede, unos pocos litros en un balde pequeño por 3.000 bolívares, menos de un céntimo de dólar estadounidense. A veces, ni ese monto tiene disponible, admite.

Camioneros de cisternas le venden el agua, generalmente, en estado turbio. “Creo que es eso. El agua está viniendo amarilla”, argumenta.

Ella misma tiene llagas en las manos, los pies y en lugares íntimos. Abraham, su hijo de cinco años, tiene roturas sangrantes de piel en ambas piernas.

El niño, también repleto de sucio en cuerpo y vestimenta, solo ríe. Y se rasca.

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