La generación del hambre

(29/10/2019)

Nacieron en el 2013, cuando la crisis alimentaria se agravó en Venezuela. Tienen 5 años, están desnutridos, y el daño provocado a su salud es irreparable. El Pitazo en alianza con CONNECTAS recorrió ocho ciudades y, con ellas, ocho realidades distintas. Estas son las historias de los niños que crecen en desventaja por nacer en medio de la emergencia humanitaria que vive el país.

Una investigación de Johanna Osorio Herrera / Armando Altuve, María Vallejo, Sheyla Urdaneta, Jesymar Añez, Liz Gascón, Mariangel Moro, Rosanna Batistelli, equipo de corresponsales de El Pitazo, en alianza con CONNECTAS.

A Juan Luis se le pueden contar los huesos sobre la piel: está desnutrido. Su diagnóstico lo determinaron los especialistas del Hospital Materno Infantil de Tucupita, en Delta Amacuro —estado con una de las mayores poblaciones indígenas del país— donde estuvo internado en agosto de 2018 por diarrea crónica. Es posible que no sea la única vez que esté hospitalizado durante el resto de su vida. Las secuelas del hambre antes de los cinco años, su edad, son irreversibles. En su adultez, Juan Luis será más propenso que otros hombres a padecer enfermedades cardiovasculares o diabetes; también a rendir menos laboralmente, o tener deficiencias intelectuales, todo como consecuencia del hambre que hoy padece.

Desde la concepción hasta los cinco años, especialmente los primeros 1000 días, cumplidos después de los dos años y medio de vida, se desarrolla 75 por ciento o más del tejido cerebral y su constitución. El esquema neuronal, que permite al ser humano percibir su entorno: ver, oler, escuchar y reaccionar ante los estímulos, queda definido en esta etapa: la primera infancia, de acuerdo con organismos internacionales vinculados al cuidado de la niñez, como el Fondo de las Naciones Unidas para la Infancia (Unicef). El crecimiento de Juan Luis depende de lo que coma. Si se alimenta bien, su circuito neuronal será favorable para su adultez. Si no lo hace, el daño provocado a su cuerpo y su cerebro será irreparable.

Juan Luis no come bien, aunque su mamá intente remediarlo. No puede porque su familia es pobre, como 87 por ciento de las familias venezolanas, de acuerdo a la Encuesta de Condiciones de Vida (Encovi) 2017, realizada por universidades y organizaciones no gubernamentales. Su historia no es la única; se repite en muchos niños de su edad. Hasta marzo de 2018, en Venezuela, sólo 22 por ciento de los niños menores de cinco años tenían un estado de nutrición normal, según el informe Saman, de Cáritas.

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