“Mientras no cambie el modelo de producción urbana tardaremos en llegar a ciudades sin desigualdades”

Rio de Janeiro, 10 de noviembre 2016 – La frase es del Director Regional de ONU-Habitat para América Latina y el Caribe, Elkin Velásquez, en entrevista a CLACSO TV. Desigualdad en las ciudades, Hábitat III, los Objetivos de Desarrollo Sostenible, entre otros asuntos, fueron algunos temas de la entrevista, concedida días antes de la tercera Conferencia de las Naciones Unidas sobre Vivienda y Desarrollo Urbano sostenible.

¿Qué se entiende por “derecho a la ciudad”?
Elkin Velásquez (EV): El derecho a la ciudad tiene que ver con la posibilidad de que todos los ciudadanos habitantes de un entorno urbano puedan tener acceso a bienes y servicios de calidad, a oportunidades, a espacios públicos, a lo mínimo y necesario para contar con una calidad de vida apropiada. Eso es, en términos generales, lo que se conoce como derecho a la ciudad. Uno de los puntos más importantes de discusión actual, en el mundo y en América Latina, es como lograr que ese derecho a la ciudad se vuelva real, se materialice y sobre todo se garantice para todos los ciudadanos.

En el informe “Construcción de ciudades más equitativas. Políticas públicas para la inclusión en América Latina”, la ONU-Hábitat señala que al menos 111 millones de personas viven en asentamientos irregulares, lo que representa 23,5 por ciento de la población urbana de la región. ¿Cuáles son las conclusiones más relevantes de ese informe?

EV: Permíteme resumir dos puntos importantes de ese informe, que fue producido por ONU-Hábitat, por la CAF (Banco de Desarrollo de América Latina) y con el apoyo de la Fundación Avina. Ese informe lo primero que plantea es que durante los últimos 20 años América Latina ha visto en términos generales, una tendencia al crecimiento de la desigualdad urbana. Eso es coherente con comportamientos globales en términos de crecimiento de la desigualdad. Es cierto que la desigualdad urbana creció muchísimo más en los primeros 15 años de ese período que analizamos, y en los últimos 5 años ha habido una tendencia hacia la estabilización. Sin embargo, tememos que con la situación económica y, con el estancamiento económico relativo en la región, esto pueda volver a caer a niveles que teníamos hace 10 años.

Uno de los puntos importantes de cómo se manifiesta esa desigualdad – más allá de la desigualdad por ingreso – es que esa desigualdad se manifiesta de diferentes maneras. Lo constatamos en temas de acceso a bienes y servicios urbanos, en temas de acceso a la seguridad, a espacios públicos de calidad, de acceso a vivienda. Por eso hay una desigualdad urbana que es tridimensional, y por supuesto lo que corresponde es mirar de qué manera se puede abordar. Un segundo punto, es que tradicionalmente las soluciones a la desigualdad se han abordado principalmente desde la perspectiva nacional, desde la perspectiva de las políticas nacionales. Lo que constatamos en el informe es que existen mecanismos, acciones de políticas públicas locales que pueden ayudar a disminuir la desigualdad. Por supuesto que hay políticas macro nacionales que no dependen de lo que puede hacer una autoridad local: políticas nacionales de empleo, políticas nacionales fiscales, pero hay acciones concretas y locales que contribuyen a mejorar la situación de desigualdad o por lo menos, a no empeorar la situación de desigualdad de un territorio. Un tercer punto, es que la desigualdad urbana tiene una representación o una huella en la forma urbana, que se conoce con el nombre de “segregación socio-espacial”. En ese sentido, notamos que en las sociedades latinoamericanas hay una altísima segregación socio-espacial y una fuerte fragmentación. Son todos resultados, pero a la vez, son causa de un círculo vicioso de desigualdades, entonces ahí hay que focalizar también con políticas públicas correctivas.

¿Por qué aluden a desigualdades urbanas y no a desigualdades en el hábitat?
Hay una evolución en la forma de abordar los temas en la ciudad, los puntos de entrada; yo diría de manera muy gruesa y refiriéndome a los eventos de Hábitat III y las Conferencias de Naciones Unidas sobre el desarrollo urbano, que ha existido una impronta grande de hace 30 o 40 años, una gran preocupación por la situación del déficit de vivienda y por las políticas públicas y simultáneamente las estructuras que se encargaron de responder a esas necesidades en términos de vivienda, proveyendo ese bien familiar que es la vivienda. Posteriormente, se avanzó hacia un concepto más amplio de hábitat, a entender que la solución para una familia no está solamente en tener el acceso a una vivienda, sino a una vivienda que tenga acceso a servicios públicos de calidad. Es decir, es la vivienda, más la política de agua, de saneamiento, de forma ambiental, entre otras. Durante mucho tiempo, las políticas públicas de los Ministerios de Vivienda se concentraron en esa perspectiva de hábitat que representaba un avance, comparado con la visión inicial. Hoy lo que nos damos cuenta es que no solamente es un tema de vivienda y su entorno -que para algunos se llama hábitat – es un tema de la ciudad como un todo.

Voy a dar algunos ejemplos muy importantes: tenemos ciudades en América Latina donde existen viviendas dignas, entornos inmediatos dignos pero las familias siguen siendo excluidas porque no están integradas a la vida, a la dinámica, a las oportunidades que brinda la ciudad como un todo, a las oportunidades económicas y sociales. Entonces, recientemente hemos constatado que es mucho más importante hablar de la ciudad como un todo. Depende mucho de lo que uno haga en cada punto de la ciudad en términos de acciones públicas para determinar el resultado que podamos tener en una favela o en una villa o en una zona de tugurios. La ciudad es un ente integrado y es por ello que hoy planteamos que es muy importante evolucionar en el paradigma del desarrollo urbano que permita por esa vía integral disminuir los problemas que tenemos en muchos de los barrios. Hablamos entonces más de desigualdad urbana, o en el sentido positivo de igualdad urbana, de equidad urbana, en lugar de exclusivamente referir a ese componente sectorial, que sigue siendo importante y en ciertos casos determinante, que es la desigualdad en torno al acceso a la vivienda.

¿Qué tipo de políticas públicas deben implementarse para reducir estas desigualdades urbanas?
EV: Déjame arrancar diciendo que en ese tema de la segregación socio espacial se plantean un par de mantras. Hay uno que es el de la sabiduría popular en el sector inmobiliario, cuando se está buscando un bien inmueble, se pregunta a un asesor qué es lo que hay que hacer, dónde está la mejor inversión, la respuesta puede ser de tres componentes: localización, localización, localización. A mí me gusta parafrasear eso y decir, que cuando se trata de disminuir la desigualdad urbana, cuando se trata de disminuir y de atacar la segregación socio-espacial tendríamos también que hablar de localización, localización, localización. Es muy importante el factor espacial, la localización determina en buena parte el acceso de las familias a bienes y servicios públicos de calidad, a bienes y servicios públicos cercanos. La localización permite que las familias puedan utilizar mejor sus ingresos, no gastar excesivamente en transporte (cuando digo gastar excesivamente es en términos monetarios, pecuniarios, pero también en términos de tiempo, lo cual para algunos investigadores eso también es un tema pecuniario o de recursos). Entonces, es muy importante repensar la ciudad segregada y mirar cómo es que vamos a mejorar la localización de las familias. Necesitamos incrementar en un proceso paulatino que además vaya acompañado de una gestión social.

¿Por qué llegamos a esa situación? ¿Cuáles son los otros mantras?
EV: Porqué normalmente, los procesos de crecimiento de la ciudad en los últimos 20, 40, años han estado fundamentalmente determinados por una variable, que es el precio del suelo. Todos sabemos que el precio del suelo suele ser mucho más barato cuando está más alejado de las centralidades, y entonces no es extraño ver que las soluciones de vivienda, no solamente las de vivienda social, sino soluciones de vivienda clases medias, muchas veces también ofertadas por el mercado, se dan en los sitios donde el suelo es más barato. Ha sido una ecuación resuelta con una sola variable optimizada. Lo que nos planteamos en esos términos es que deberíamos tener hoy dos variables para optimizar, no solamente el precio del suelo sino también la localización. Entonces, cuál es el compromiso que estamos dispuestos a asumir en ese sentido, es una de las grandes preguntas de la política pública.

Si lo miramos desde una perspectiva estrictamente financiera, introduciendo todos los costos ocultos de la localización, uno llega rápidamente a la conclusión de las externalidades negativas que se generan con una solución inadecuada para la familia, solo por darles una solución de vivienda rápida. Esas externalidades negativas se pueden evitar, se pueden contrarrestar con una política que incluya esas variables que menciono, la de localización. Y eso, nos lleva a pensar de otra manera el tema. Ese es el primer mantra: localización, localización, localización.

Hay un segundo mantra que ha sido propuesto en términos de un modelo de desarrollo urbano posible, que tenga como resultado minimizar o reducir los impactos de la segregación socio-espacial. De acuerdo a la experiencia y analizando que es lo que ha funcionado en ciudades, vemos que es muy importante una ciudad compacta. Una ciudad compacta, es decir, una ciudad eficiente en torno al uso del suelo. Una ciudad donde el costo de los servicios públicos va a ser menos, el costo de la producción y generación de espacios de servicios públicos va a ser menor, tendrá un menor impacto en las finanzas de las familias. Pero, adicionalmente esa ciudad compacta tiene impactos positivos en manejo ambiental, facilita economías de escala. Una ciudad conectada, hemos visto que es muy importante que los barrios entre sí estén bien conectados.

Lo que estamos notando es todo lo contrario, nuestras ciudades todavía están con el modelo de oferta-mercado, oferta y movimiento sobre todo para clases medias y altas. Lo que estamos viendo es la proliferación de lo que en Argentina llaman countries o en otros países condominios. Son pequeños barrios amurallados, separados del resto. Esto es lo que se está generando, acentuando la separación, las barreras, no solamente las invisibles, sino las visibles y concretas, y esto por supuesto contribuye a un aumento en la exclusión entre los grupos sociales y no es bueno para la ciudad. Nosotros necesitamos una ciudad más conectada. Esa ciudad más conectada también tiene que ver con cuál es el sistema de movilidad y transporte público. Es muy importante avanzar en transporte público y también cuando estamos hablando de nuevas expansiones urbanas de concebir la conectividad de la ciudad de la manera más técnica posible, considerando mantener bien conectados esos espacios públicos que son las calles.

Tercer mantra, la ciudad integrada, las ciudades que están avanzando son aquellas que están integradas, articuladas con su entorno rural pero también con otras ciudades. Homo Hábitat promueve una perspectiva de sistemas de ciudades en los ámbitos metropolitanos, en los ámbitos regionales, en los ámbitos nacionales. Una ciudad que avanza bien, lo debe no solamente, a su desempeño como ciudad aislada, sino también a que haya una política nacional urbana o regional-urbana que facilite esa complementariedad en las ciudades, que facilite esa integración, ese funcionamiento armónico entre el sistema de ciudades de un país, de una región, de una provincia, de un estado. Y el cuarto punto, es por supuesto, la inclusión. Claramente, una ciudad que avanza hacia reducir la  desigualdad es una ciudad que apuesta a la inclusión, y aquí estamos hablando de ciudadanos urbanos en todas sus dimensiones: la dimensión de género, de diferentes grupos sociales, con diferencias étnicas, económicas, entre otras. Es muy importante generar los mecanismos de  inclusión para los diferentes grupos de la ciudad. Ese mantra se resume entonces, con ciudades conectadas, ciudades compactas, ciudades integradas, ciudades incluyentes. Son aproximaciones importantes, complementarias, útiles, no solamente en la formación de políticas públicas sino también en el desarrollo de herramientas metodológicas para la intervención concreta en terreno.

¿A quién dentro de estos hacinamientos latinoamericanos afecta especialmente estas carencias y por qué?
En América Latina las diferencias o fenómenos de exclusión están muy articulados por supuesto, a las clases de ingreso. Ya sabemos que las categorías de clase o categorías de ingreso tienen un componente relacionado con los grupos sociales. Las comunidades indígenas, por ejemplo, aparecen como aquellas comunidades que muchas veces hacen parte de los grupos más desfavorecidos, esto también se refleja en las áreas urbanas. Adicionalmente se deben considerar aspectos como el género, en una sociedad machista como la latinoamericana. No es de extrañar entonces, que esa situación de exclusión o de falta de inclusión de género se vea expresada en el espacio y en este caso, en el espacio público propiamente dicho. Por ello, una parte del trabajo que nosotros hacemos tiene que ver con promover que los espacios públicos, los de la vida cotidiana, sean incluyentes para las mujeres y las niñas, para evitar que ellas sean víctimas potenciales de violencias de diferentes tipos. Entonces, en esa ciudad segregada, en esa ciudad desigual también se verán reflejados problemas de su función en una explicación que va más allá de la vida en la ciudad, se van a ver reflejadas allí. Tal como decía al inicio, parte de la tarea de las autoridades locales tiene que ver con concebir nuevas formas de trabajo en el espacio público, en el ámbito urbano, para reducir -sino completamente al menos parcialmente- esas desigualdades y sus manifestaciones.

¿Cuánto nos falta para llegar a estas ciudades sin desigualdades en América Latina? 
Soy optimista. Lo que veo en América Latina es que hay muchos líderes, alcaldes, alcaldesas, intendentes, intendentas,  que están avanzando con medidas apropiadas, con ejemplos específicos, con buenos logros y resultados en algunos ámbitos y en algunos lugares y es así que uno asiste a ejemplos tan interesantes como lo que ha hecho la alcaldesa de Santiago de Chile, lo que ha hecho la intendenta de Rosario, lo que han hecho los alcaldes de Medellín, lo que han hecho los alcaldes y alcaldesas en Aguas Calientes, o los alcaldes recientes en Zapopan, lo que hicieron en un momento, en algunos espacios en Santa Tecla en El Salvador. Entonces, la región está en un momento interesante, en términos de mostrar manifestaciones, ejemplos, casos piloto. Nuestra base de datos de buenas prácticas a nivel local y la base de datos global, muestra que el 40% de las buenas prácticas en materia de desarrollo local están en América Latina y el Caribe y eso es cierto. La gran pregunta que uno hace es y ¿Entonces cómo podemos llevar eso a escala? ¿Cómo vamos? vemos que el escalamiento depende de otros factores institucionales, de recursos, de culturas institucionales, de culturas en general y con todos los imaginarios sociales posibles. En fin, y ahí sí, si bien hemos hecho mucho hasta ahora y hay razones para sentirse optimista, también hay que reconocer que falta mucho por hacer. Porque si se quiere, la velocidad de las externalidades negativas casi siempre resulta más alta que la velocidad de las soluciones y de fondo hay un tema estructural. El tema estructural es que el modelo de producción de la ciudad no ha cambiado. Mientras no cambie el modelo de producción de la ciudad vamos a tardar en llegar a ciudades sin desigualdades.

Publicado por ONUHABITAT

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